martes, 15 de febrero de 2011

Los 100 pesitos


Rodrigo siempre fue el hijo preferido del magistrado Faustino Torres, tal vez por la ingenuidad y ternura que su alma desplegaba en sus pocos 8 años de vida, o tal vez, por que don Faustino siempre supo, en lo profundo de su ser, que su hijo menor nunca podría ser como un niño de la misma edad.

Rodrigo era regordete, cosa que resaltaba su vestimenta. Usaba camisas amarillo-pastel con rayas café oscuro, a punto de reventarlas con semejante panza, casi comparable con las panzas de los gordos vulcanizadores que sentados esperan clientela, sin camisas y soplando con un abanico viejo; y los pantaloncitos grises, sucios de tanto jugar en el porche y patio de su casa. Sus cachetes eran rosado caramelo, era imposible de pasarlos desapercibido.

Humberto por su parte, era todo lo contrario a Rodrigo. Le llevaba dos años, pero por su personalidad e intelecto, pareciesen más que eso. Era moreno, bastante alto para tener 10 años, peinaba su cabellera negra de partido en medio. Consideraba un vil desperdicio de tiempo, jugar con los carros de madera que la navidad pasada, don Faustino le había regalado. Tiempo que no desaprovechaba según el, leyendo los viejos libros de poesía que su padre había comprado en sus días de estudio en Europa. Había para entonces leído a Góngora, a Quevedo y uno que otro soneto del Fénix de México.

Todos los días, Don Faustino tomaba el ferrocarril para viajar de Masaya a Managua. Rutina que forjó por su trabajo como hombre de ley, tenía entonces de costumbre, regalar un peso a cada uno de sus hijos, para que estos pudiesen comprar una merienda y una que otra cosa que necesitaran a lo largo del día. Mientras Humberto gastaba su peso invitando a su novia del día a unos frijoles blancos o carne asada del Tiangue, “Rodriguito”, como le decía su papa, con mucha cautela y precaución de ser visto por su hermano, guardaba en un cajoncito de madera el billete de un peso.

Al cabo de unas semanas, Rodrigo comenzó a desarrollar una envidiable dedicación al cuido de sus billetes. Con una entrega difícilmente vista en otras actividades que realizaba, Rodrigo pasaba la mayor parte de sus tardes lavando, uno por uno, sus numerosos billetes. Les cantaba, les hablaba, decía él que eran sus amigos y que él era amigo de ellos. Los planchaba con cuidado de no arruinarles el estampado. Los contaba una, dos y hasta tres veces al día. Les decía que los quería y los metía en su cajita, que guardaba cuidadosamente debajo de su cama. Este rito se fue repitiendo varias semanas más, hasta que un día Rodrigo ya había amasado la gran cantidad de cien pesos. Aquello era un gran capital.

Un día de tantos, antes de llegar a la grandiosa cifra, Humberto observó el ritual de su hermano y planeó minuciosamente un método que le permitiera disfrutar de los mejores lujos que en Masaya podían darse con tal cantidad de dinero. Habiendo contado el moño de billetes que olían a jabón para lavar ropa, esperó que fuesen 100 pesos para materializar el plan.

Efectivamente, su cálculo fue certero, y un martes por la mañana, mientras Rodrigo se bañaba después del ritual matutino de limpieza, planchado y guarda de sus billetes, Humberto sustrajo el moño de billetes. Esperó que Rodrigo se vistiese, y justo cuando este se dirigió a realizar el ritual de mediodía, Humberto lo detuvo y le dijo que lo acompañara.

Humberto llevó a su hermano al Club Social de Masaya en uno de los coches más lujosos de Masaya, le decían “La Carroza”, por ser muy espacioso y por su recubrimiento de tela rojo, que recuerda a las carrozas de Semana Santa que salen de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Humberto había contratado un día del coche para que los transportara, según lo indicase el itinerario.

Llegados al Club Social, tenían todo en su haber para ellos solos, la atención de todo los trabajadores de ese lugar, la piscina olímpica que apenas en ese entonces, era llenada cuando habían galas de gran importancia en Masaya, las canchas de tenis recién pintadas, las mesas de ajedrez (que, aunque estos no sabían jugar, aprovecharon para inventar sus propios juegos de alfiles, peones, caballos y reyes, que seguían reglas tan caprichosas como pudiesen ser inventadas por jugadores ignorantes de este deporte) y un festín digno de los más glotones reyes burgueses.

Habiendo pasado ya las 3 de la tarde, “La carroza” transportó a los hermanos a la distribuidora Abaunza, famoso lugar donde vendían la mejor ropa, zapatos y demás cuchitriles imaginados para la alta sociedad masayocéntrica. Mientras Rodrigo se probaba zapatos y elegía de par en par, Humberto elegía los títulos de aquellos poetas malditos que apenas sí llegaban a Masaya de ese entonces: Rimbaud, Mallarmé, entre otros.

La ultima parada de tan increíble jornada, fue la estación ferroviaria de la Muy Noble y Leal Villa Fiel de San Fernando de Masaya, donde llegarían a tiempo para ver como Don Faustino se bajaba del vagón de clase media del ferrocarril, donde por cuestiones de costumbre, desde antes de haber ganado su título de abogacía en Francia, así como su puesto de magistrado, había preferido usar para no despegar los pies de la tierra como decía Don Faustino.

A la hora de la cena, entre risas y gritos de felicidades, los hermanos le contaron semejante andanza, a lo que Don Faustino se pregunto como habían hecho ellos para pagar. Por lo que luego de la cena, hablo en privado con Humbertito, quien le dijo para cubrirse de cualquier culpa, que habían ahorrado sus pesos diarios para divertirse lujosamente. En ese preciso momento, se escuchó un alarido desconcertante. Rodrigo había abierto su caja de los billetes y para su sorpresa no había encontrado nada.

Rodrigo lloraba y lloraba, que sus billetes lo habían dejado por haberse ido a divertir sin bañarlos, cantarles y secarlos. Don Faustino, quién nunca supo de la minuciosa dedicación de su hijo hacia sus queridos billetes, no encontró manera alguna de colmar semejante tristeza. Entonces se le ocurrió regarle a Rodrigo, un billete de 100 pesos, a lo que Rodrigo le respondió muy tristemente:

“¡Esos no son mis cien pesitos!... Estos no me quieren como me querían aquellos”


Ernesto Valle Moreno (Febrero 2011)

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