miércoles, 8 de diciembre de 2010

Managua según me cuentan

Managua durante los setenta, era la capital del “granero de Centroamérica”, Nicaragua. El país, rondaba más o menos, por los dos millones cuatrocientos mil habitantes, de los cuales, la mitad era analfabeta y se encontraba muy empobrecida. Para entonces gobernaban los Somozas Debayles, y aquella sensación trágica en el ambiente era un nudo en la garganta para la mayor parte de los nicaragüenses. Managua estaba destruida por un terremoto que devastó la edificación artesanal de casas de adobe y talquezal. Las pocas avenidas entonces, fueron reproducidas en calles y calzadas y Managua comenzó a crecer por la periferia.

El mundo de los setenta, estaba impregnado de la psicodelia y la necesidad de una revolución. La Beatlemania ya se había acabado con el “Let it be” y las últimas canciones de los cuatro melenudos de Liverpool en el 70. Pink Floyd y el tan famoso “Dark side of the moon”; una música progresiva y experimental fue la reemplazante de dicho fenómeno –en menor medida, claro está-- en la juventud. Nicaragua nunca estuvo al margen de esto, sin embargo, aquellas adolescencias estaban demasiado oprimida por aquel sistema autoritario y dictatorial que algunos recuerdan con la frase célebre “Somoza For Ever!”. Opresión que no solo mataba, sino también robaba, reprimía y censuraba las críticas opositoras. Años más tarde, el régimen caería y con ello, Nicaragua, tan dúctil, volvió a realzar aquellas concepciones neofeudalistas que desde la colonización se han adentrado tanto en el pensamiento nicaragüense que es parte de nuestra triste realidad – ¡Maldito seas Pedro Arias de Dávila! Sos el gran culpable de que en Nicaragua se siga pensando como en una hacienda--.

Managua, según me cuentan mis padres –cuando estos eran jóvenes--, era diferente a lo que es hoy. Se observaba gente caminando con mucha seguridad por los andenes y paseos --asemejados “Al Paseo De Las Victorias” en Carretera Masaya, inaugurado en julio de este año, conmemorando los 31 años de la Revolución Popular Sandinista, dedicado al púgil y ex alcalde Alexis Arguello, q.e.p.d-- que en aquel tiempo, abundaban por la ciudad capital y estaban llenos de chilamates, limonarias, palo de arco y uno que otro roble, que propiciaban sombra y una temperatura agradable para los habitantes de la metrópolis.

Las rutas no difieren en casi nada más que la seguridad: las mismas paradas, la típica apariencia de estos buses viejos: pintura y metal corroídos por el tiempo; el mismo viejito, canoso, morenito, arrugado, con su reloj plateado y con unos lentos “culo de botella” de carey, sentado entre las primeras filas de asientos, al borde del sueño. El gordo, barbudo, con la camisa grisease, blanca, o verde, que suda su inmenso cuerpo principalmente en las axilas y en la espalda, por el calor dentro de las unidades de transporte colectivas y su inseparable gorra azul oscuro de los indios del Bóer, sentado hasta el final del bus, con la atención fijada en el periódico. La muchacha guapa, que siempre roba la atención del proletariado que usa el bus, pelo largo, negro como la noche; Eso nunca cambia. Todo sigue igual, el viejo fue un joven que usó el mismo bus. El gordo fue un flaco deportista en algún momento que se tuvo que trasladar en la ruta. ¿Y la muchacha? Parece que en Nicaragua, muchachas guapas sobran.

La Universidad Centroamericana (UCA) apenas comenzaba su labor en Nicaragua. ¿Quién diría, en aquella época, que formaría a tantos profesionales con tanta vigencia el día de hoy? Aquello debió ser un centro intelectual para todos los emponchados hippies pelos largos, bien vestidos intelectuales y revolucionarios que faltaban mucho a clases por su compromiso en la clandestinidad. Maestros de la talla de Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Francisco Pérez Estrada, los padres Carlos Caballero, León Pallaís y Ángel Martinez, Julio Guerrero y uno que otro jesuita español, mexicano y francés. Un día mi padre me acompañó a la UCA, lo mire tan distraído viendo a una que otra pareja hasta que me dijo sonriente: “Hace 30 años más o menos, yo estudié aquí. Y todavía se sigue sintiendo ese amor a la vida en el aire”.

Era según le escuché a mi mamá, la era de oro de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), con sedes en León (principalmente, para medicina y abogacía) y en Managua (donde estaban las Humanidades). “Estudiar en la UNAN no era tan costoso”- dijo mi mamá- “lo caro fue comprar los libros o, irte a estudiar a León: la casa, la comida y los libros, y yo siendo mujer, más difícil todavía por el permiso”. Mi papá solo recordaba su secundaria con la expresión: “Para aprender tenías que joderte... La educación era de lo mejor” dijo reiteradas veces en la plática.

Es increíble que hayan pasado 40 años y Managua cambiara tan radicalmente. Ahora es una ciudad insegura, trasnochadora, llena de casinos y bares que nunca cierran. Los semáforos nunca están vacios, pues si no hay carros, están los niños malabaristas y uno que otro pordiosero. Que envidia haber tenido la oportunidad de vivir en aquella Managua, según me cuentan…

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