sábado, 21 de mayo de 2011

ORACIÓN PARA EL FIN DEL MUNDO

“Y, desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato”

César Vallejo.

Señor,

Yo te pido,

Con mucha fe

Que el fin del mundo

Sea el 21 de Mayo de 2011.

Permíteme, tal vez,

Otra oportunidad

En estas horas que quedan,

Para confiar en esta gente…

Gente que llama “traidor”

A quien años atrás,

dejó todo

Por una revolución.

Confío en que Harold Camping,

Tenga razón está vez,

Y que el juicio final del Family Radio

Sea tan real

Como todos los millones de dólares que sus creyentes

Le han donado.

Yo ya no te pido por novias,

Por estudios,

O por simples caprichos…

Yo sólo quiero que nos desaparezcas

Simple

Con un onomatopéyico

¡Puff!

P

O

L
V

O

…Nada…

Ojala así acaben nuestros males…

Y aquella inmoralidad,

Se vayan con todo vestigio

De que alguna existimos alguna vez…

Pero si es necesario,

Que quede una palabra…

DECEPCIÓN

¡Amén!

¡Como cuesta sobrevivir!

“¡A qué te gano… A qué paso más tiempo sin comer!”- Se decían entre ellos de manera muy inocente Gemita y Josecito, como si eso fuera un juego. No tenían ni la menor idea del peso de la apuesta qué hacían, pues a sacrificios casi mortales de sus padres, nunca habían pasado un día sin comer. Ellos eran hijos de una pareja muy pobre que vivían de recolectar chatarra, plástico o alguna extravagancia en el depósito municipal “La Joyita” de Granada, cercano a un barrio de tan mala muerte conocido como “El Pantanal”.

Don Chema, era la cabeza de la familia, tal vez, el miembro más optimista de una estirpe que de no ser por él, moriría de inanición. Era un buen hombre, muy dedicado a sus hijos, pero con tan mala suerte que su cuerpo demacrado de tez morena, se viese tan escuálido después de pasar los 40 años ¿Su rostro? Sí hubiese visto solamente su rostro fuera del contexto y lugar en el que vivía, lo confundiría con algún militar de alto rango por su corte de pelo bajo y su bigote denso y tupido.

El siempre se esforzaba por rebuscar latas de Coca-Cola, cerveza y demás envases de aluminio, pues si negociaba con los “Dones” que compraban el material, por libra hasta sacaba 5 pesos… Tenía labia Don Chema. Pero ya no llegaban tantos envases, porque otros basureros emigraban a la ciudad, buscando las latas que la gente dejaba en los parques de la Gran Sultana, después de tomar algo.

Su mujer de toda la vida, Doña Angélica, lo conocía hacía más de una decada… Para aquellos tiempos, Doña Angélica era una adolescente, que disfrutaba su corta vida de 15 años dejando de estudiar el 3r curso de secundaria, pues en su casa el dinero no daba para todo, y su dilema era ir a la escuela o comer. Prefirió vivir sin educación, pero con algo en el estomago. Y una de las tardes que Angélica, (que todavía era señorita) acompañó a su padre a la “Joyita”, conoció a José María…

Por común acuerdo, habían decidido emparejarse y vivir juntos. Se amaban igual como la primera vez que travesearon, con la única diferencia que al pasar el tiempo, las costillas eran más táctiles y el pellejero se extendía muchos milímetros más con cada estirón carnal.

Gemita rondaba entonces, por los 8 años. Su melena rizada de color café oscuro, hubiera sido envidiada en los años 70 con la fiebre del disco, pero en la escuelita comunal, nadie le prestaba atención a sus colochos. Cursaba el primer grado de primaria, pero no se sabía las vocales ni los números después del 10. Su piel era morena y estaba chintana porque recientemente, sus dientes de leche se habían caído. Habitualmente, se divertía jugando sola a la casita con una caja de cartón destartalada que según ella, era una mansión de 7 alcobas con garaje, comedor, cocina y demás tugurios imaginarios. Su cuerpo cabía dentro de la caja y todavía le daba espacio para moverse sin muchas complicaciones.

Mientras la niña se revolcaba en el terreno donde estaba la casa de madera amachimbrada de su familia, Josecito, el muchachito que se ensuciaba mágicamente sin jugar con su hermana, sacaba la silla que le servía de cama a alguno de sus progenitores, se sentaba cerca de la calle y contaba cuantas veces pasaba la “Adelita” por El Pantanal. Era un niño tímido, con unos ojos obscuros muy grandes. Tenía el pelo liso, herencia de su padre, pero estaba grasoso y sucio de quien sabe cuanto tiempo de no lavarlo, pues le repugnaba bañarse y disfrutaba inmensamente andar en calzoncillo con los calores de esa época, mientras esperaba la siguiente vuelta del bus.

Una tarde de Abril, que parecía como cualquier otra en la acostumbrada vida de aquella familia pobre, llegó don Chema a su casa, bien sudado por el calor infernal de estos países tropicales y por la jornada maratónica de trabajo que lo había dejado pestilente a basura podrida. Tomó una bocanada de aire y exhalo lo suficientemente fuerte para ser oído:

-Ya los tiempos están malos malos – dijo apesarado, después de un día de trabajo donde apenas pudo conseguir 10 pesos para el sustento familiar – ¿Sobrevivimos con 10 pesos?

Su mujer le contestó sin ánimos de explicar las razones frente a sus hijos – No han comido nada- Señalando a los niños, y continuó –Cómprate en la venta un puñado de sal, un sobre de café, y ahí no más te bajás unos mangos del palo que esta en el camino… Ahí ajustamos a como se pueda vos y yo… ¡Cómo cuesta sobrevivir!

lunes, 9 de mayo de 2011

Estudio corto sobre Huitzilopoxtli

Por Ernesto Rogelio Laureano Valle Moreno
  • Argumento:

El cuento se sitúa en algún lugar de la frontera entre los Estados Unidos y México, donde los tres personajes (Mr. John Perhaps, un periodista gringo; el padre y coronel Reguera, español armado con la espada (símbolo militar) y la cruz (símbolo de cristiandad), y el narrador, periodista visionario del sacrificio humano, victima del delirio del comiteco y de la mariguana) se interrelacionan durante una excursión a tierras bajo el mandato de Pancho Villa. Mr. Perhaps se adelanta y desaparece en su caballo, mientras el narrador y el padre Reguera hablan y beben comiteco.

En algún punto de la noche un comando de soldados detiene y no dejan movilizarse al sacerdote y al cronista, por lo que deciden descansar bajo un árbol. El narrador algo desvelado, y bajo los efectos de la mariguana y el comiteco, escucha unos sonidos extraños por lo que decide investigar y se encuentra con un sacrificio indígena, donde místicamente Mr. Perhaps es inmolado por los indígenas.

  • · Conflicto:

El conflicto, o más bien, la denuncia de Darío es el militarismo: la fuerza militar azteca encarnada en el dios de la guerra azteca: Huixilopoxtli; y la fuerza militar de esa época, (Victoriano) Huerta y su ejercito. Darío en si, hace una analogía metafórica sobre todas las muertes durante 1914 en México, debido a la revolución; y los sacrificios humanos místicos realizados para el dios de la guerra en tiempos precolombinos.

  • · Desenlace:

El cuento finaliza con el sacrificio místico de Mr. Perhaps hacía Teoyomiqui. Realmente es una metáfora: 1914 es el año de Huixilopoxtli, año de muertes, masacres, crímenes. Un sacrificio al militarismo de Victoriano Huertas, quien encarnaría el Huixilopoxtli actual.

  • · Pervivencia de las tradiciones indígenas:

Entre los rasgos de continuidad de las tradiciones indígenas presentes en Huixilopoxtli, encontramos referencias mitológicas aztecas así como su ritual de sacrificios humanos. Nombrada Teoyomiqui, (diosa descrita como ídolo y altar en el sacrificio) realmente se está describiendo a Coatlicue, diosa de la muerte, y por ende, de la vida, madre de Huixilopoxtli. Entonces Huixilopoxtli, es principio y es fin. Además, se narra a Reguera bebiendo comiteco, licor de origen indígena. Y también haciendo referencia a las decisiones de Madero sobre los “antiguos dioses” a quienes escucho.

viernes, 8 de abril de 2011

Es tiempo que te deje tranquila

Mejor... quedate tranquila,
debatite por alguien que no te quiere
(Cosa que yo ya te había advertido).

Escribirte versos,
Para consolarte es tontería.

Seguí con tus problemas,
con tus irremediables inconsecuencias
con tus tiernas inseguridades
con tu insaciable falta de cariño.

Yo hoy doy por finalizado lo nuestro:
ni sos feliz ni tu llanto es por mi
Mejor... te dejo tranquila.

viernes, 18 de marzo de 2011

CANCIÓN SOBRE LOS NIÑOS ARTESANOS DE LA PALMA

¿Es algo santo contemplar

En una tierra rica y fructífera

A los niños reducidos a la miseria

Y alimentados por una mano fría y usurera?

William Blake

Los niños artesanos de la palma

Juegan al gato y al ratón con los guardias de seguridad

En la Universidad Centroamericana…

Su entrada está prohibida

Pero sus escuálidos cuerpos

Pasan por los barrotes

Y buscan los pasillos,

Las aulas,

Los cafetines,

Las mesitas,

La pasarela.

Son cuatro,

A veces dos.

Un niño panzón de tantos parásitos,

Con sus flores, chapulines y corazones de palma

Y su inseparable bolsa plástica.

Una niña murruca

Flaca flaca y en harapos

Y sus estrellas, pajaritos y cruces de palma,

Gritan una al otro:

“¡Corran! ¡Corran!

¡Ahí viene el cepol!”

Suben las escaleras

Y se esconden en los sanitarios.

-SHHHHHHH- “Van para la fuente, cambio”-SHHHHHHHHH

-“Copiado, copiado”-

-SHHHHHHH-“¿Dónde están?”-SHHHHHHHH

- “No sé… ¡Cambio y fuera!”

Los cuerpos flacos de los niños se disiparon en el aire.

No encontraron palmas ni clientes para sobrevivir.

Managua, marzo 2011.

martes, 15 de febrero de 2011

Los 100 pesitos


Rodrigo siempre fue el hijo preferido del magistrado Faustino Torres, tal vez por la ingenuidad y ternura que su alma desplegaba en sus pocos 8 años de vida, o tal vez, por que don Faustino siempre supo, en lo profundo de su ser, que su hijo menor nunca podría ser como un niño de la misma edad.

Rodrigo era regordete, cosa que resaltaba su vestimenta. Usaba camisas amarillo-pastel con rayas café oscuro, a punto de reventarlas con semejante panza, casi comparable con las panzas de los gordos vulcanizadores que sentados esperan clientela, sin camisas y soplando con un abanico viejo; y los pantaloncitos grises, sucios de tanto jugar en el porche y patio de su casa. Sus cachetes eran rosado caramelo, era imposible de pasarlos desapercibido.

Humberto por su parte, era todo lo contrario a Rodrigo. Le llevaba dos años, pero por su personalidad e intelecto, pareciesen más que eso. Era moreno, bastante alto para tener 10 años, peinaba su cabellera negra de partido en medio. Consideraba un vil desperdicio de tiempo, jugar con los carros de madera que la navidad pasada, don Faustino le había regalado. Tiempo que no desaprovechaba según el, leyendo los viejos libros de poesía que su padre había comprado en sus días de estudio en Europa. Había para entonces leído a Góngora, a Quevedo y uno que otro soneto del Fénix de México.

Todos los días, Don Faustino tomaba el ferrocarril para viajar de Masaya a Managua. Rutina que forjó por su trabajo como hombre de ley, tenía entonces de costumbre, regalar un peso a cada uno de sus hijos, para que estos pudiesen comprar una merienda y una que otra cosa que necesitaran a lo largo del día. Mientras Humberto gastaba su peso invitando a su novia del día a unos frijoles blancos o carne asada del Tiangue, “Rodriguito”, como le decía su papa, con mucha cautela y precaución de ser visto por su hermano, guardaba en un cajoncito de madera el billete de un peso.

Al cabo de unas semanas, Rodrigo comenzó a desarrollar una envidiable dedicación al cuido de sus billetes. Con una entrega difícilmente vista en otras actividades que realizaba, Rodrigo pasaba la mayor parte de sus tardes lavando, uno por uno, sus numerosos billetes. Les cantaba, les hablaba, decía él que eran sus amigos y que él era amigo de ellos. Los planchaba con cuidado de no arruinarles el estampado. Los contaba una, dos y hasta tres veces al día. Les decía que los quería y los metía en su cajita, que guardaba cuidadosamente debajo de su cama. Este rito se fue repitiendo varias semanas más, hasta que un día Rodrigo ya había amasado la gran cantidad de cien pesos. Aquello era un gran capital.

Un día de tantos, antes de llegar a la grandiosa cifra, Humberto observó el ritual de su hermano y planeó minuciosamente un método que le permitiera disfrutar de los mejores lujos que en Masaya podían darse con tal cantidad de dinero. Habiendo contado el moño de billetes que olían a jabón para lavar ropa, esperó que fuesen 100 pesos para materializar el plan.

Efectivamente, su cálculo fue certero, y un martes por la mañana, mientras Rodrigo se bañaba después del ritual matutino de limpieza, planchado y guarda de sus billetes, Humberto sustrajo el moño de billetes. Esperó que Rodrigo se vistiese, y justo cuando este se dirigió a realizar el ritual de mediodía, Humberto lo detuvo y le dijo que lo acompañara.

Humberto llevó a su hermano al Club Social de Masaya en uno de los coches más lujosos de Masaya, le decían “La Carroza”, por ser muy espacioso y por su recubrimiento de tela rojo, que recuerda a las carrozas de Semana Santa que salen de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Humberto había contratado un día del coche para que los transportara, según lo indicase el itinerario.

Llegados al Club Social, tenían todo en su haber para ellos solos, la atención de todo los trabajadores de ese lugar, la piscina olímpica que apenas en ese entonces, era llenada cuando habían galas de gran importancia en Masaya, las canchas de tenis recién pintadas, las mesas de ajedrez (que, aunque estos no sabían jugar, aprovecharon para inventar sus propios juegos de alfiles, peones, caballos y reyes, que seguían reglas tan caprichosas como pudiesen ser inventadas por jugadores ignorantes de este deporte) y un festín digno de los más glotones reyes burgueses.

Habiendo pasado ya las 3 de la tarde, “La carroza” transportó a los hermanos a la distribuidora Abaunza, famoso lugar donde vendían la mejor ropa, zapatos y demás cuchitriles imaginados para la alta sociedad masayocéntrica. Mientras Rodrigo se probaba zapatos y elegía de par en par, Humberto elegía los títulos de aquellos poetas malditos que apenas sí llegaban a Masaya de ese entonces: Rimbaud, Mallarmé, entre otros.

La ultima parada de tan increíble jornada, fue la estación ferroviaria de la Muy Noble y Leal Villa Fiel de San Fernando de Masaya, donde llegarían a tiempo para ver como Don Faustino se bajaba del vagón de clase media del ferrocarril, donde por cuestiones de costumbre, desde antes de haber ganado su título de abogacía en Francia, así como su puesto de magistrado, había preferido usar para no despegar los pies de la tierra como decía Don Faustino.

A la hora de la cena, entre risas y gritos de felicidades, los hermanos le contaron semejante andanza, a lo que Don Faustino se pregunto como habían hecho ellos para pagar. Por lo que luego de la cena, hablo en privado con Humbertito, quien le dijo para cubrirse de cualquier culpa, que habían ahorrado sus pesos diarios para divertirse lujosamente. En ese preciso momento, se escuchó un alarido desconcertante. Rodrigo había abierto su caja de los billetes y para su sorpresa no había encontrado nada.

Rodrigo lloraba y lloraba, que sus billetes lo habían dejado por haberse ido a divertir sin bañarlos, cantarles y secarlos. Don Faustino, quién nunca supo de la minuciosa dedicación de su hijo hacia sus queridos billetes, no encontró manera alguna de colmar semejante tristeza. Entonces se le ocurrió regarle a Rodrigo, un billete de 100 pesos, a lo que Rodrigo le respondió muy tristemente:

“¡Esos no son mis cien pesitos!... Estos no me quieren como me querían aquellos”


Ernesto Valle Moreno (Febrero 2011)

miércoles, 2 de febrero de 2011

2011

Este año...
¡Por favor!

No hablemos de política:
Ni de elecciones...
Ni Candidatos...
Ni de partidos...

¡Olvidemos...
que este año, es año electoral!